
AnIMaL: 7 DISTRITOS
2014
Liberando un espacio para la disfuncionalidad y el sinsentido.
Gustavo Emé ha venido prestando atención a la ciudad de Lima durante los últimos años, traduciendo su interés en elaboradas imágenes organizadas mediante la reutilización de la sintaxis de los mantos Paracas. Sus trabajos han oscilado entre un cuidado dibujo que evidencia el gusto por lo manual y barrocas composiciones realizadas digitalmente, aunque con programas y estilos intencionalmente rudimentarios. Como si la tecnología se aprovechara al máximo mostrando su capacidad de verse arcaica.
Esta vez Emé comienza a experimentar con el espacio y la materialidad más allá del papel y la tinta, sea china o de impresora. El aprecio al quehacer del dibujante se mantiene pero sus resultados dialogan con un mobiliario aparentemente sin sentido y elementos extraídos de la naturaleza: minerales, arena, crin de caballo. Las estructuras de madera le dan soporte al dibujo permitiendo una relación interactiva con el espectador, como invitándolo a jugar con él. Su disposición expresa una voluntad lúdica, vinculada a la que podemos intuir en el rito del artista al dibujar: un dejarse llevar por texturas, patrones, equivalencias que parecen obedecer a un placer inconsciente, más que a buscar un objetivo premeditado. El comparte así su proceso de experimentación, su propio proceso de libertad. Apropiándose de una estética ancestral para nutrirla de elementos contemporáneos, sintetizando arquitectura reconocible y reproduciendo símbolos de la institucionalidad local, como los escudos municipales, despojándolos de su solemnidad, vaciando (aún más) sus lemas. Acaso produciendo un cruce entre lo que busca permanecer en el tiempo, por medio de la oficialidad cultural, y los resquicios para disfrutar de la inadaptación, para perderse en derivas urbanas, visuales, conceptuales.
Estamos ante los retazos de una ciudad que se muestra fragmentada y sin sujetos. Reconocemos una iglesia gótica, un edificio moderno, la caseta de guardián de algún distrito pudiente, una moto taxi desprovista de su característico colorido. La animalidad que juega en el título con la palabra Lima, aparece también diseminada sutilmente: las patas de nuestro vecino el gallinazo, las fauces de una serpiente que no sabemos si está hecha de sticker, los pelos del caballo y los del propio artista que no dudó en enmarcarlos. Algunas decisiones suyas parecen querer despistar más que alumbrar, interrumpir el sentido más que propiciarlo. No importa tanto que algunas de las palabras escritas sobre la madera provengan de un antiguo tratado de zoología, como el hecho de que tantas otras están vinculadas a sus anhelos y angustias personales.
La escritura automática camufla una incertidumbre que sin embargo se nos presenta formalmente. Frente a la ordenada estructuración de los dibujos y la tangibilidad de la madera hay algo que parece escapársenos, incapaz de ser aprehendido por nuestra necesidad de encontrar respuestas en lo visible. Las palabras inconexas, desperdigadas, no son pistas infalibles, los distintos materiales parecen incapaces de anticipar el posible efecto de su reunión en el espacio, la disfuncionalidad del mobiliario nos reta a imaginar y liberar sus usos.
Emé se ha mantenido distante del mercado y del arte espectacular. Hoy esa distancia le regala la libertad de quien crea sin esperar alguna retribución o consecuencia específica de sus actos. Desde ahí puede seguir vinculando el arte al juego y puede compartir con nosotros su pregunta acerca de qué pasa cuando uno junta ciertas cosas con otras. Se pregunta qué pasa con las subjetividades y el inconsciente de ciertos animales, como nosotros, cuando habitamos una ciudad como esta, Lima.
Eliana Otta Vildoso
Febrero, 2014.